Desde esa noche....

Rocé sus mejillas con la yema de los dedos. Eran cálidas y poseían una suavidad agradable.
Sonrió con timidez ante mi muestra de afecto y se acercó más a mí.

La vela ardía sobre la mesa, ahora vacía.

Sus ojos me devoraron con el brillo de la llama. Primero sus ojos y luego sus labios.
Intentaba contener mis manos pero necesitaba sentir su cuerpo. Agonizaba a cada segundo que sus labios abrasaban mi piel y mis manos solo encontraban aire con un ligero perfume a chocolate y fresas.

Sostuvo mis manos e hizo que recorrieran su cuerpo lentamente. Noté como sus pupilas se dilataban y como de su boca emanaba un dulce aroma con cada suspiro.

Comencé a beber de aquel aroma, besando su boca, mordiendo levemente sus labios. Su mirada me daba la señal que había estado esperando.

Comenzamos aquella noche.

Y cada noche, como aquella, estamos juntos, amamos juntos. Para siempre.

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