Capítulo 3 El recuerdo de una simple charla.

Los recuerdos parecieron nacer de lo más profundo de su ser. Aquellos ojos habían abierto una puerta que probablemente no se volvería a cerrar. La puerta a la verdad.

Lysa quiso comenzar a hablar, pero en un instante, que le pareció eterno, su voz se quebró al ver como Alexander Bael, quien se convirtió en su mejor amigo, le apuntaba con un arma.

-Aparta, preciosa. - le susurró mientras tiraba de ella hacia sí y disparaba a algo o alguien a su espalda.
Acto seguido la cogió del brazo y comenzó a guiarla por el piso hacia las escaleras. - Tendrás infinidad de preguntas y supongo que podremos contestarlas todas. Pero ahora toca correr.

Seguían bajando escaleras y Lysa se dejaba guiar por su amigo, a quien había recuperado tras lo que había parecido una eternidad sin recuerdos. Estaba como siempre, guapo, regio, galante, siempre había sido muy perfecto, ahora, "rescatándola" de aquel lugar, lo era aún más.

-Me temo que tengo que dejarte aquí. - le dijo Alexander al llegar al piso 1. Se acercó su cuerpo a él y sus labios se acercaron a los de ella hasta que se fundieron. Lysa dudó en seguir aquel beso o pararlo. Se sentía húmedo y ardiente, era perfecto. Siempre perfecto. No dudó mucho más e incluso llegó a jugar levemente con su lengua. - Vaya, y yo que pensaba que te alejarías de mí en cuanto me acercara. - sonrió. - Veo que eso de no recordar nada se ha esfumado rápido de tu cabeza. - volvió a besarle y a continuación comenzó a alejarse. - Volveré a por ti.

Lysa se encontraba confusa, su cabeza no dejaba de recordar rostros, palabras, lugares e incluso lo que parecían ser sueños de otros días mejores. No estaba segura de lo que tenía que hacer ahora, sabía que el centro no era un buen lugar, no conseguía recordar por qué, pero tenía claro que debía salir de allí, pero ¿cómo?

"Volveré a por ti" fue lo que él le dijo.

Un celador se acercó a ella con un médico a su lado.

-¿Se encuentra bien joven? - le preguntó el médico. Lysa asintió y el médico le agarró con fuerza por el brazo. - Vendrá conmigo.

-Le he dicho que estoy bien. - gritó Lysa mientras comenzaba a intentar zafarse de la presa a la que se veía sometida. - ¡Suélteme!

-Esta no es su planta. Debe volver. - le gritó el médico furioso.

Se oyó un disparo y el médico calló al suelo y la sangre comenzó a inundarlo todo a su alrededor, Lysa sintió el calor de la sangre en sus pies. Y volvió a recordar...

Estaba sentada en un banco en el parque que había junto a su casa. Se había reunido con todo el grupo. Junto a ella estaba Alexander cogiéndole suavemente la mano, a su izquierda estaba Lee con su pelo negro liso que le caía hasta los hombros, su mirada de color ambarina y su piel cobriza. Era el más corpulento de todos aunque a veces casi parecía no darse cuenta de ello. Frente a ella sentados en el suelo estaban Edmund, sobre él sentada en su regazo estaba Freya, a su lado se encontraba Helena que estaba leyendo un cómic.

Todos estaban allí como de costumbre, charlando y riendo, preguntándose por cosas tan simples como "¿qué vas a comer esa tarde?" u otras tan complicadas como "¿Alguien sabe la solución a la ecuación diferencial que nos puso el profesor hoy?" y "¿Qué demonios quiero ser de mayor?". La mayor de sus preocupaciones era aquella, debían elegir bien su camino, en el mundo en el que vivían, el mundo en el que la sociedad humana vivía ahora, elegir tu camino era tan importante como respirar. Un camino equivocado podía hacer que te frustraras demasiado y eso te hacía más vulnerable a la mutación que podía decidir si eras o no "válido". Y ser no "válido" era el peor destino que podías sufrir.

Edmund lo tenía muy claro.

-Tengo claro que voy a ser profesor. A pesar de todos los inconvenientes que puedan surgir al tratar con jóvenes, en el fondo el saber que voy a enseñar y educar a las generaciones venideras me hace sentir bien.

Freya también parecía tenerlo claro.

-Seré médico, llevo desde pequeña estudiando y especializándome para poder estudiar en la escuela de medicina. Cuando era pequeña sufrí un accidente y una mujer me salvó la vida, supe que era doctora y que ni siquiera estaba trabajando, pero me ayudó porque era lo que debía hacer, yo también quiero ser así.

Helena decía que quería ser dibujante de cómic, con un poco de suerte podría serializar uno propio. Alexander siempre decía que él sería escritor, que había nacido para transmitir, además como también era bueno en música y dibujo siempre podía tener un plan B, esto a veces molestaba Helena pues lo acusaba de "intrusismo" profesional, lo cual siempre generaba un coro de carcajadas en el grupo.

Pero Lysa y Lee no lo tenían muy claro. Lysa era muy insegura en ese sentido, no sabía qué era lo que se le daba bien, y tampoco sabía qué era lo que podía llegar a hacer. Se encontraba perdida y eso no era bueno, los demás lo sabían y siempre se esforzaban por ayudarla a decidir poco a poco su camino.

Lee por su parte era completamente distinto, se abstraía del mundo casi todo el tiempo, parecía estar en otro sitio, aunque curiosamente siempre era de los más atentos. Lee parecía ser bueno en todo y a la vez en nada, siempre que probaba a hacer algo lo hacía mejor que nadie, pero por alguna razón se cansaba demasiado rápido de todo lo que hacía. No importaba la dificultad, él siempre lo hacía bien, siempre lo hacía y siempre lo dejaba.

Aquel día Lee parecía estar de nuevo distraído mirando las nubes que se tornaban de un color rojo al llegar la tarde. Cada minuto que pasaba hacía que aquellas nubes se fueran oscureciendo más y más. Todos se quedaron un momento a contemplar aquellas formas que se movían a lo largo del cielo.

-Son demasiado rojas, son demasiado duras. Son nubes que auguran un mal presagio.-La voz de Lee interrumpió el silencio y todos se quedaron mirándole atontados. - Esta noche debemos estar juntos. Esta noche será roja.

Helena se acercó a él y le cogió de la mano.

-¿Qué quieres decir Lee? ¿Qué has visto? - le preguntó con dulzura.

Ambos tenían una especie de secreto entre ellos. Helena decía que Lee era tan bueno en todo porque tenía un instinto especial, algo que venía de sus antepasados, algo que estaba en su sangre, algo que le hacía "ver más allá". Al principio ninguno hizo caso a aquello, pero conforme pasaban los años el grupo aprendió que cada palabra que Lee dijera en ese estado podía contener una información muy importante.

- Vienen por uno de los nuestros.... - fue lo único que alcanzó a decir.

Helena se quedó mirándole fijamente mientras sostenía su mano. Pareció escudriñar en aquellos ojos del color del ámbar y pareció encontrar algo.

-Nos vamos de aquí ya. - Sentenció - Juntos.

Lysa tenía cierto temor, no sabía exactamente que estaba pasando. Solo sabía que la noche ya había llegado y que tenían que alejarse de allí. Pero al salir del parque se toparon con una figura oscura.
Había llegado la noche del cazador.

....

Eso era lo que ahora veía en aquel lugar, una figura oscura. Aquella figura había disparado al médico y también había matado al celador que se encontraba a su lado.

Pudo vislumbrar la figura con mayor claridad. Su estatura era semejante a la suya, sus piernas eran delgadas y se ensanchaban a la altura de la ingle y la cadera, de nuevo su figura disminuía un poco a lo largo del torso hasta llegar al pecho donde volvía a crecer, y de nuevo algo más delgado en los hombros. Era claramente una mujer. Sus ojos azules brillaban con un tono sombrío, aunque su mirada era preciosa. Su piel era nívea y su pelo era corto a la altura de los hombros y de un tono rojizo. Tenía un arma enfundada en un cinturón y otra en la mano, parecía llevar algún tipo de espada o barra a la espalda enganchada con una correa que le cruzaba el pecho y se colocaba en cierto pliegue, entre sus senos. Llevaba una camiseta de mangas cortas blanca que parecía quedarle pequeña, le hacía un escote pronunciado pero no exagerado y su vientre plano y blanquecino quedaba al descubierto. Tenía unos pantalones cortos de cuero negro y unas medias negras de rejilla. Tenía unas botas negras con poco tacón que hacían un ruido muy pronunciado al andar.

Se acercó con elegancia hasta ella, le agarró de la mano y la aferró con fuerza al abrazarla.
Reconocía a aquella mujer, algo cambiada, pero era ella.

- Tenemos que estar todos juntos, ¿recuerdas? - le dijo Helena.

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